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La tierra de la infancia desolada (APE)

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

(APe).-  Hubo un tiempo en que la infancia era fiesta desmedida. Fiesta de mesa tendida y de arrorós a la hora de los sueños. Una infancia feliz, de tiempos que a veces uno trata desmedidamente de reencontrar en las memorias perdidas. Pero hay otras infancias. Infancias atravesadas por esclavitudes proliferantes en estos tiempos. Niños vorazmente devorados por monstruos conniventes con estados que avalan.

“Dos niñas de 12 años y otras cinco de 10, 13, 15, 16 y 17, además de un joven de 18, todos oriundos de Orán, fueron rescatados por la División Trata de Personas de la Policía, desde un local de comidas conocido como Buen Apetito, donde eran obligados a prostituirse en baños destinados a la atención de `clientes especiales`”, publicó el diario El Tribuno, de Salta tras la detención de una mujer llamada Teresa Pavia.

“Las víctimas eran captadas por esa mujer, quien, aprovechándose del hambre, inmadurez, vulnerabilidad y estado de ánimo de estas personas, les ofrecía trabajo y luego las iniciaba en la prostitución”. Tenían –sigue la nota- la orden de “hacerles tomar bebidas a los clientes, besarlos, susurrales al oído, abrazarlos y dejarse tocar sus zonas íntimas hasta que los sujetos pidieran un "pase', para mantener relaciones sexuales con su acompañante, ya fuera niña o niño”.

En apenas un instante los monstruos rompen de un piedrazo feroz todo vestigio de niñez. La fusilan ante los ojos impávidos de una sociedad que mira hacia otro lado y que consiente. La destrozan con los brazos-tentáculos de connivencia que avienen desde cada uno de los poderes institucionales.

La estructura que se desnuda desde la búsqueda atroz y pertinaz de Susana Trimarco espeja las ramificaciones de la crueldad. Y ni siquiera hay que hurgar demasiado hondo para ver lo que no se quiere ver. “Si mi hija no está en mi casa es culpa del poder político, de toda una banda de delincuentes, secretarías, legisladores, policías, jueces, que también pusieron en riesgo mi vida y metieron la mafia dentro de la casa de gobierno”, denunció la mujer coraje. Jueces que avisaron a proxenetas y tratantes que allanarían cada prostíbulo. Policías que puntualmente cobraron y cobran coimas en dinero y en especias para no intervenir.

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Matías, Martín y el abogado de los obreros (APE)

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Por Claudia Rafael   

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(APe).- El Estado tiene extrañas formas de hacerse presente en la vida de un niño. La miopía de Matías, a sus 8 años, ya asomaba como un karma que le acompañaría la vida entera. No fue casualidad, después de todo. La genética ahí tenía bastante que ver. El día en que mataron a su papá, lo primero que hicieron fue arrebatarle los lentes. “Antes que ninguna otra cosa, los asesinos le arrebataron los ojos. Cuando se escapó, prácticamente no lograba ver”, contaría su hermana Margarita Moreno a los jueces el viernes pasado, en Tandil.

En los primeros años de Matías, ese Estado de brazos atroces le asestó una frase como cuchillada: “no te podés sentar adelante. Los hijos de los subversivos se sientan atrás”. Iba a tercer grado. Desde entonces, los anteojos se le adosaron a su cuerpo.

El y su hermano Martín supieron temprano de estructuras pesadas y destempladas que se empeñarían en marcarles los pasos de su crecimiento. “La teoría de los dos demonios nos hizo creer que mis padres eran eso: demonios. Y ya después, en el secundario, viví todo un período de idealización que me impedía acercarme a él, lo había endiosado y de esa manera, mi papá había perdido todo rastro de humanidad. Me resultaba inalcanzable”, desgranó Matías en la tarde temprana del viernes en el juicio que encuentra sentados en el banquillo a 3 militares y dos civiles. A su papá, lo llevaron cuando apenas tenía un año y nueve meses. Martín, en cambio, tenía escasos dos meses de gestación en la panza de su mamá.

Las vidas de los dos estuvieron indiscutiblemente marcadas a fuego por el poder. Rearmar la memoria histórica, juntar de a una cada pieza destrozada del rompecabezas de la historia individual y colectiva, es algo que les llevará la vida entera.

De aquel 29 de abril de 1977 no tienen registro. Probablemente la memoria desnude a veces golpes rotundos en las oscuridades de Martín. Aquellos días feroces en que cada instante era percibido para él desde el útero de Susana Lofeudo. Una mujer que oscilaba entre el coraje desmedido de enfrentar a su vecino, el teniente coronel Ignacio Aníbal Verdura, exigiéndole el cuerpo de su hombre y la angustia derrumbadora. “Ahora que ya lo mató, devuélvamelo”, le gritó en la cara. “Se lo vamos a entregar. Pero no lo traigan a Olavarría”. “¿Tanto miedo le tiene a un muerto?”, apuró Susana.

Feroces monstruos rodearon sus infancias. Lejos de esa ciudad opresiva y cementera en la que hubieran deseado crecer. No los dejaron. “Te darás cuenta de que dadas las circunstancias no podés formar más parte de nuestro establecimiento”, fue la frase cálida de la directora de una de las escuelas en que Susana daba clases en Olavarría.

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La infancia excedente (APE)

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Por Claudia Rafael   

(APe).- Ya era la oscuridad. La luna dibujaba una letra C enorme y una estrella de brillo intenso aparecía como su norte. Las sombras caían sobre la esquina con la torpeza de lo irreparable. Y él estaba sentado ahí. En profunda soledad. Dijo que se llama Elías pero quién sabe si no es una identidad tan ajena como las caricias y el cobijo. Contó que se había escapado, a pesar de las rejas y el paredón casi siempre inalcanzable, y que se subiría al primer tren que pasara. Habló también de la Rita y de que alguien le dijo casi como al pasar que se había muerto hacía dos semanas. El repitió que no es cierto. Que la Rita va a vivir siempre y que el que dice eso de mi abuela miente. Elías mastica ávido un trozo de pan y bebe a borbotones de la botella de coca. La Rita es todo. Nadie se dignó a decirle nada de esa ausencia que es la diferencia entre la vida y la no vida.

Hacía cuatro meses que a Elías lo habían llevado ahí. Lo habían arrojado como a los esclavos a las arenas del Coliseo Romano. Lo habían dejado entre los pasillos fríos de una estructura patronal. Donde los patrones tienen nombre y apellido. Sin luz natural. Sin ventilación, con un calefactor cansado de entibiar el alma entre tantos inviernos, sin un airecito fresco que alivie en veranos tórridos y agobiantes. Había días en que Elías veía fantasmas, noches en que se le aparecía San la Muerte. La Rita fue siempre y a pesar de todo su único anclaje a la esperanza. El la sabía siempre eterna a la abuela en el vagón abandonado en las vías de un tren que ya no es hace demasiado tiempo.

En la provincia de Buenos Aires son hoy entre 475 y 500 los chicos en conflicto con la ley penal que cumplen “medidas privativas de libertad”. Eufemismo elegante de la institucionalización. Un centenar suman los que cumplen “medidas de semi-libertad”. Otros 4300 están institucionalizados por “medidas de protección por sus derechos vulnerados”. Ese universo que en los preceptos de la perimida Ley de Patronato se conocía como “causas asistenciales”.

La provincia tenía en datos de febrero de 2011 -según el Observatorio Social Legislativo- 1.225.000 adolescentes entre 15 y 19 años; 2.683.000 entre 15 y 24. Y ubica escasamente a 400.000 entre 14 y 20 años que “ni estudian ni trabajan” en una realidad que se sabe mucho más ancha. La misma estadística plantea que el 31,1 por ciento “padecían pobreza”; 17,1 estaban desocupados y el 13,6 por ciento son caracterizados como “ni-ni”.

Hace apenas una decena de años, en plena vigencia de la Ley de Patronato había unos 8500 chicos institucionalizados en estructuras estatales y otros 8000 en instituciones no vinculadas a organismos del Estado. El defensor oficial Julián Axat la define como un “intento por gobernar a la infancia excedente durante el siglo XX. Apuntaba al control de los hijos de los sectores subalternos a través del dispositivo tutelar basado en la expulsión del seno de familias consideradas disfuncionales y el confinamiento en reformatorios”. Más allá de la tremenda disparidad de cifras hay un porcentaje que se sostiene: tanto entonces como hoy, las causas penales representan no más del 13 por ciento del total de institucionalizaciones.

Cuando en 1919 se promulgó la Ley 10.903 de Patronato, el médico y parlamentario Luis Agote argumentó que en las reuniones anarquistas se encontraban “tan gran cantidad de niños delincuentes, los que vendiendo diarios primero y después siguiendo, por una gradación sucesiva en esta pendiente siempre progresiva del vicio, hasta el crimen, van más tarde a formar parte de esas bandas de anarquistas, que han agitado la ciudad durante el último tiempo”. Por lo tanto era imprescindible una ley que pusiera fin al “cultivo del crimen” que “principia en las calles vendiendo diarios, y concluye en la cárcel Penitenciaria por crímenes más o menos horrendos”.

Hoy por hoy -con un denostado Agote y una ley cuestionada y enterrada- los institutos siguen arrastrando el concepto de “confinamiento-depósito”, definió Axat a Ape. “Los espacios de encierro para la niñez infractora, matienen una estructura donde el derecho proclamado es una excepción y donde las prácticas concretas son intercambios simbólicos con la burocracia adulta de minoridad en forma de pequeños chantajes o relaciones de poder encubiertos bajo la ideología del amor: ´ yo te doy esto, si vos me haces esto ´, ´ es por tu bien... ´. Las implicancias que esto termina teniendo en la vida de los pibes es una suerte de síndrome de Estocolmo por el cual sienten atracción por el asistente de minoridad que les da cosas o satisface a cuentagotas sus derechos, a cambio de tranquilidad o conveniencia. La implicancia es que los pibes salen especializados en chantaje y formatizan en su conciencia y cuerpo relaciones de poder negativas, antes de relaciones sanas y vitalistas. Es mi conjetura, pero esto es uno de los motivos que luego producen a la postre riesgo de reincidencia”.

El tema de base, sin embargo, es entender qué ocurre con el enorme cosmos de niños y jóvenes institucionalizados en los ghetos de rejas invisibilizadas.

Hoy ya no se puede definir que la institucionalización es el único “intento de gobernar a la infancia excedente”. Del total de jóvenes bonaerenses entre 15 y 19 años apenas el 0,04 por ciento se encuentra institucionalizado por causas penales. El 0,35 por causas asistenciales. Es el nuevo mandato pro-infancia: despatronalizar aun cuando del otro lado de las paredes espere el desamor y el golpe.

¿Cuáles son hoy las formas más efectivas de gobernar a esa infancia excedente?

Un informe publicado en octubre de 2011 por la organización “un techo para mi país” desnuda que en la región del Gran Buenos Aires hay actualmente 864 villas y asentamientos en los que respiran, caminan, sufren, aman, trabajan y sueñan (cuando pueden) 508.144 familias. Poco más del 66 por ciento tienen más de 15 años de antigüedad y el 24,3 por ciento, entre los últimos 6 y 14 años. Sin cloacas, sin gas, sin agua potable, sin escuela, sin asfalto, sin trabajo.

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Los hijos del femicidio (APE)

 

 

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

(APe).- Pasaron 8 años ya. Casi tantos como los que tardó en entender la relación entre esas horas dentro de una sala muy blanca y prolija en la que una señora le hablaba, le hacía preguntas y le pedía que hiciera dibujos y el anuncio posterior de que su papá estaría en la cárcel gran parte de su vida. Hoy ronda los 14 ya. En estos 8 años, fueron innumerables las veces que escuchó a la abuela Tita decirle “sos igual que tu padre” o “vas a terminar como él” cuando rompía algo en la casa sin querer o cuando, casi siempre, volvía con una mala nota de la escuela. El abuelo, en cambio, al que él seguía a sol y a sombra, le clavaba la mirada de ojos profundamente negros y no pronunciaba palabra. Pero él sabía que pensaba algo parecido.

Nahuel también tiene 14 años. Vive a cientos de kilómetros de Yonatan. Sonríe en la foto. Quién sabe qué se festejaba ese día en su familia. Un cumpleaños, un aniversario de algo, una Navidad o cualquier otra cosa. La foto de los tres, con las cabezas pegadas, apareció completa en la pantalla del noticiero de C5N. Esa foto ya no está ni podría volver a estar. Su mamá, Silvia Prigent, fue asesinada. Su papá, Daniel Sfeir, está detenido por el crimen.

Cuando por estos días, la Casa del Encuentro dió a conocer su informe 2011 sobre femicidios en la Argentina (parcial porque fue armado en base a los casos publicados por la prensa) mencionó que fueron 282 las víctimas de la violencia de género. Una mujer cada 31 horas. Esto implica 22 casos más que en 2010 y 51 casos más que en 2009.

Del total de 2011, en un 37,6 por ciento de las causas judiciales el acusado fue el esposo o novio; en el 20 por ciento, la ex pareja. Pero además, en al menos el 11 por ciento de los casos había denuncias previas de la víctima.

El dato llamativo y poco analizado no tiene que ver con esos números y con esos porcentajes que vienen suficientemente expuestos y visibilizados. Sino más bien con un aspecto del que no se habla: esos mismos registros dan cuenta de que 346 niños y adolescentes se quedaron sin mamá. Y al mismo tiempo, la gran mayoría, también se quedó sin papá.Ya sea porque el mismo padre después del horror se quitó la vida o bien porque terminó en la cárcel.

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Gauchito Gil, desde la represión al milagro (APE)

 

 

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

gauchito gil(APe).- Extraño imán rutero. Desde el asfalto del camino asoman los trozos de tela de rojo intenso enastados en tacuaras dentro y fuera de la ermita. La presencia del santo profano, desconocido y vilipendiado por las estructuras oficiales de la religiosidad católica, es rodeada de la solidaridad de sus profesantes. Rojo y más rojo como el sacrificio y el martirio al que las fuerzas de seguridad lo sometieron aquel 8 de enero de 1878. Había que sancionar la rebeldía y el desprecio por el poder con que se insolentaba Antonio Gil. Por el poder de las instituciones, por el poder de los portadores de riqueza.

Cuentan que una noche de tantas, durante un sueño, se le presentó Ñandeyara y que el dios guaraní le habló de no derramar la sangre de los semejantes. Ñandeyara le habló -como suelen nacer los payés en la cultura guaraní- desde ese vasto territorio de los sueños, para generar conocimiento y acción. Y Antonio Gil –relata la leyenda- respondió: se transformó desde entonces en un desertor. En un vengador de las inequidades de un sistema capaz de robar y repartir entre los desarrapados. Verdades o mitos que luego se le adosaron a su larga trenza de heroicismos, hablan de aquel patrón de estancia que -cuenta el periodista y fotógrafo, Sebastián Hacher- “tenía a sus empleados a pan y agua. Si alguno se iba del trabajo para cazar en los esteros, lo mandaba a azotar o a detener con la policía. Antonio se enteró de la situación por boca de un peón que se había escapado al monte. Se unió a otros gauchos y cayeron sobre la estancia. A punta de pistola, organizaron un festín: asado y vino tinto para toda la peonada. Antonio se encargó de atar al patrón al aljibe, para azotarlo como él hacía con sus trabajadores”. Mítico Robin Hood tan repetido, a veces, entre los vulnerables y vulnerados de la historia elevado a la categoría de leyenda.

Desde la vera de todas las geografías, se rompe con las estructuras oficiales desde la esencia misma de la muerte violenta. Donde “el Rulo” se mató en un accidente sobre la Ruta 3 o ahí mismo donde la policía masacró de alegre gatillo a tantos pibes a los que necesitaba imprescindiblemente disciplinar o eliminar.

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Pena de muerte al sur (APE)

 

 

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

(APe).- Alguna vez la definieron como la bonaerense de la Patagonia. Duro brazo de un Estado que fue dejando hilachas de horror en su camino. Nombres y vidas que fue engullendo con saña e ímpetu: Guillermo Garrido (El Bolsón, 13/1/11), Guillermo Trafiñanco (Viedma, 23/10/10), Masacre de Bariloche (18/6/10), Nicolás Scorolli (Cipolletti, 25/12/11). Otros, como Atahualpa Martínez Vinaya (Viedma, 15/6/08) y Otoño Uriarte (Fernández Oro, 23/10/06), hundidos en la impunidad y rodeados de extrañas conexiones hacia los entramados del poder. Historias que bastan para desnudar una política institucional y no una seguidilla de casos aislados e inconexos.

“Se condena a Silvano Mesa a la pena de diecisiete años de prisión e inhabilitación absoluta por el mismo tiempo, como autor penalmente responsable del delito de homicidio calificado por abuso funcional, siendo un miembro integrante de las fuerzas policiales mediante la utilización de un arma de fuego”, sentenció el Tribunal. Guillermo Trafiñanco tenía 16 cuando la bala de Mesa entró en su cuerpo magro desde dos centímetros de distancia. Boca abajo. Inerme. Ya entregado a las garras de la muerte. Guillermo Trafiñanco era uno en el batallón de hermanos hijos de una madre sola que la peleaba como podía en el barrio Lavalle de Viedma.

“Se condena a Nicolás Scorolli a la pena de muerte que se ejecutará con un disparo de Itaka en la frente”, sentenció el cabo primero de la policía rionegrina, David Carrasco. Nicolás Scorolli tenía 16 años, igual que Guillermo Trafiñanco. Nicolás Scorolli era un pibe de los márgenes en Cipolletti. Dicen que había robado un Renault 12 y que fue el único que no logró escapar. Nicolás Scorolli murió del balazo que salió del arma de Carrasco a escasísima distancia.

En las mismas horas en que la Justicia condenaba a uno entre tantos, la policía rionegrina desnudaba al mundo entero que tiene permiso para matar. Guillermo murió el 23 de octubre de 2010 acribillado por el Estado bajo el gobierno de Miguel Saiz en el patio de una escuela. Nicolás murió en la Navidad, como un Cristo de los márgenes al que no habrá quien resucite, acribillado por el Estado bajo el gobierno de Carlos Soria.

En el último acto público antes de pasar el mando a su sucesor, Miguel Saiz dijo en “el día del policía” que “quería compartir este día tan especial para todos los hombres y mujeres que integran las filas de la Policía rionegrina, a quienes hago llegar mi sincero reconocimiento por el grado de profesionalización hacia temas sensibles como los derechos humanos que posiciona a distintos integrantes de la institución con igualdad profesional a nivel país”. Pero no sólo: “durante mi gestión se ha recorrido una etapa en la que el hombre, la justicia, la ley, la institución y la fe cristiana han sido componentes privilegiados y existe el pleno compromiso con la sociedad rionegrina de continuar garantizando la paz y el orden, elementos imprescindibles para el desarrollo de las potencialidades”.

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2001: nombres en el estallido (APE)

 

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

(APe).- “Lo bajamos. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”. Media sonrisa bosquejaba el rostro de ese hombre llamado Ernesto. Quién sabe qué extrañas razones hacen que uno siga asociando el nombre Ernesto únicamente a la utopía y la entrega. No caben allí las traiciones ni la perversidad. Pero la historia entrega largos listados que podrían incluso derivar en alguna rara confusión ideológica. Después de todo, Rodolfo no fue únicamente aquel portador de dos yambos aliterados -como él mismo definió en su autobiografía para aludir a su nombre y apellido- sino que hay unos cuantos del otro lado de la vida (o más bien de la muerte).

Ernesto Frimon Weber“No se caía el hijo de puta”, contaron que dijo en tren de confesiones escuchadas entre los que no tenían que sobrevivir puertas adentro del infierno un Ernesto. Era el Subcomisario Ernesto Frimón Weber. Lo llamaban “el Maestro”, un sustantivo que asociamos fácilmente a hombres como Paulo Freire o Simón Rodríguez pero que, para entender claramente maestro en qué, también era apodado “el 220”.

Aquella tarde de otoño germinal Rodolfo Walsh (Rodolf Fowolsh, como se llamaba a sí mismo en la infancia) caminaba en los alrededores de las avenidas San Juan y Entre Ríos, entre el asfalto porteño que no lo defendería de los crueles. Había dejado apenas un rato antes los primeros ejemplares de su Carta a la Junta Militar en un buzón de Plaza Constitución. No contaba con que sus últimos respiros toparían con el jefe del Grupo Operativo de la Policía Federal que salía a la calle y que comandaba Weber. Cómo imaginar que delante de sí, disparándole la primera bala estaría un hombre de apellido homónimo a aquel otro Weber (Max) que justamente definió que el Estado es una entidad que detenta el monopolio de la violencia y los medios de coacción mucho antes de su nacimiento.

Debieron pasar 34 años para que su mujer, Lilia Ferreira, escuchase decir que “se condena a Ernesto Frimón Weber a la pena de prisión perpetua, inhabilitación absoluta y perpetua” por la muerte de su hombre y las de tantos otros vulnerados como Alice Domon, Angela Auad, María Esther Balestrino de Careaga, Azuzena Villaflor, Leonnie Duquet, entre otros.

Tenía 11 años aquel día que para él se vistió de gloria. Las dos ruedas de su bicicleta flamante eran el sueño al que asirse y desde el que podía soñar con volar. Tantas veces lo haría luego, con el correr de los años. Lo llamaban “Nano” desde su infancia en Sarandí y la meta en la vida era la de trepar al cielo con esas acrobacias que lo transformaban en el aire para devolverlo con elegancia al suelo absolutamente intacto. Una vez -cuentan los que lo conocieron- llegó a la televisión grande: en el programa de Susana Giménez, entre el glamour y las estrellas de la fama, le pagaron 3000 dólares por una presentación.

Aquella tarde de hace diez años Diego “Nano” Lamagna se subió al 24 y se bajó en el centro porteño. Apenas unos minutos después de las tres, un enfermero intentaba vanamente atarlo a la vida con infructuosa respiración boca a boca. Atrás, muy lejos, quedaban ancladas sus cabriolas por el aire. Ya no habría un par de ruedas que lo elevaran aunque más no fuese una sola vez hasta la gloria. El 21 de diciembre de 2001 su mamá, en Sarandí, recibió la noticia. A su muchacho lo habían acribillado en la masacre y ya nunca volvería.

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El huevo de la serpiente (APE)

 

 

 

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Por Claudia Rafael   

 

(APe).- “Todos tienen miedo y yo también... el miedo no me deja dormir... nada funciona bien excepto el miedo”. La frase, inserta en la boca del inspector Bauer, desnuda el nacimiento de una sociedad anclada en la opresión, la anestesia colectiva y la desesperanza. Cómo desentrañar esa anestesia, cómo introducir el bisturí en el corazón de una sociedad que parece haber perdido hace tiempo ya su propia brújula y empezar a soñar nuevamente un vínculo amoroso en el que la humanidad recobre sentido. El inspector Bauer presiente que ese germen será ni más ni menos que el principio del final. Es –a todas luces- el huevo de la serpiente. Ese desde el que se explican demasiadas muertes violentas: las nacidas en el entorno mismo de la víctima y aquellas urgidas institucionalmente como disciplinamiento social.

Una encuesta reciente de la UCA (Universidad Católica Argentina) revela que al 29 por ciento de los argentinos tiene a la inseguridad como su principal preocupación. Y si bien ese porcentaje alcanzó al 34 por ciento en 2010, sigue estando hoy a la cabeza. Recién después, con un 14 por ciento, aparece la educación; el desempleo, con el 11 y la pobreza, apenas con el 8. Estadísticas que cambian, obviamente, según el lugar de pertenencia: en Capital, la inseguridad preocupa al 39 por ciento contra un 34, en el conurbano y un 26 por ciento en el interior del país.

Pero ¿qué es exactamente la inseguridad?. El origen de las palabras, su etimología, suele abrir puertas a horizontes interesantes. Seguridad, del latín securitas, cualidad de estar sin cuidado. Andar por la vida sin riesgos. Pero aquel 29 por ciento global que ubica a la inseguridad como primera preocupación está seguramente pensando en un peligro determinado: aquel que puede afectar a cualquier delito que atente contra la propiedad privada. Difícilmente en el vastísimo territorio de las inseguridades se considere siquiera a la vulnerabilidad de quien vive sus días bajo un puente cualquiera, de quien no tiene un abrazo que lo abrigue de ternura o de quien no puede defenderse de determinados riesgos por el simple hecho de no saber ni leer ni escribir o de estar a abismos de distancia del cuidado de la salud o de un plato de comida caliente asegurada en su cotidianeidad.

Seguridad es, por el contrario, analizado exclusivamente en relación al terreno de lo penal.

Si existiera realmente una estadística veraz en materia de muertes violentas en el país, una de las curvas más pronunciadas de los últimos tiempos no recaería exactamente en el casillero de las producidas en el contexto de un asalto o de un robo violento. Más bien habría que depositar la mirada en una cuestión tan medular que sólo podría ser resuelta atacando de lleno a la médula. Es decir: hay, primero, una espantosa reiteración de asesinatos puertas adentro del hogar y entre personas que alguna vez guardaron lazos afectivos. Y, luego, una creciente repetición de muertes en manos de alguno de los tantos brazos del Estado.

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Belén (APE)

 

 

 

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Por Claudia Rafael   


belen -  APE(APe).- Una hora entera estuvo allí, contó su padre. Una hora entera con sus últimos borbotones de vida, en el veredón de la Hostería Briguitte, frente a la plaza del pueblo. Una hora entera intentando respirar un aire que ya no le pertenecía. Una hora entera sintiendo que la vida se le iba en esa soledad que la dejaba tan sola, tan expuesta, tan llena de monstruos silenciosos, tan cargada de ausencia. Uno, dos, tres, cuatro segundos. Diez, veinte, treinta minutos. Y la vida se le iba. Se le escurría de los dedos. Dejaba que la muerte se volcara sobre ella con su lava imparable, tiñéndola de oscuridad. Treinta y cinco, cincuenta, sesenta minutos y basta. Ya no más. Ya nunca más.

“Yo no digo que ella no hubiera muerto si hubieran llegado antes. Estaba muy grave. Pero tal vez, la hubieran ayudado, la hubieran contenido…”, dijo su madre.

Belén Brizuela había cumplido 17 años el 13 de julio. Vivía en Aimogasta, pueblo de olivos y temperaturas que abrasan. “Pueblo del Cacique Aimo”, lo llamaban los diaguitas. Creció escuchando a su padre cantar las canciones de la tierra en “Los Nocheros de Anta” y, después, en “Los cantores del Alba”. Pero eligió la cumbia: “Silacumbiavillera Fuerareligión PabloLescano SeríamiDios”, decía ella misma en su muro de facebook. Y por eso quiso vivir lo que para ella era el pasaporte al paraíso una vez más aquella noche y bailó y rió y disfrutó en el club San Francisco ante el show de “Al rojo vivo”.

Su vida entera fueron esos 17 años truncados por la brutalidad de un sistema que la hace ser hoy una entre los 3397 víctimas desde 1983 a 2011 contabilizados por la Correpi (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional). Una entre los 145 registrados hasta ahora en todo el año. Belén tenía 17, uno más apenas que Gonzalo Martínez que murió un día antes a escasos 109 kilómetros, en la Plaza 25 de Mayo de La Rioja capital. A ella la destrozó la bala policial. Gonzalo murió en manos de una patota sin que la policía, tan presente, tan controladora de los pasos jóvenes, tan lista usualmente para el disparo distraido, actuara para impedirlo.

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Los niños y la ratificación de Auschwitz (APE)

 

 

 

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Por Claudia Rafael   


(APe).- “Cada vez que lo veía, era como que mirara al diablo. Le tenía terror”, relató el hombre. “Sí, yo la vi pasar. Y me pregunté cómo es que andaría solita caminando por allí”, dijo la vecina con rostro de preocupación. “Me acuerdo que la vi cuando un hombre la obligaba a caminar más allá de las vías y después, ella terminó yéndose con él”, contó la testigo. Todos vieron. Todos escucharon. Todos intuyeron. Todos prefirieron callar. Las desapariciones y crímenes de niños y niñas interpelan de lleno la columna vertebral de una sociedad en la que cada víctima parece asemejarse a un sacrificio pactado en silencio. En el que la cada vez más extendida repetición es el pasaporte ineludible al horror y al gesto de indignación que casi inmediatamente será superado por otra historia más o menos similar.

Hubo un tiempo en el que los niños eran el vehículo privilegiado de la condición humana. La semilla de trigo amorosamente custodiada para que nada –al menos, nada malo- le ocurriese. Fue un tiempo en el que la infancia era –sin escala alguna- el entero imaginario en el país del pan y del azúcar. Pero luego llegó una nueva era en que el pan y el azúcar compartido dejaron de ser el vínculo indispensable para la historia, que fue ganada y pisoteada por derroteros de poder y desconfianza. Mirar hacia adentro como único boleto de ida hacia el mañana. Y los niños dejaron de ser los hijos de todos. Se impusieron las fronteras tajantes de la pertenencia.

“De esa familia socializadora de niños y niñas desde la más tierna infancia y vehiculizadora de una comunidad integrada, surgen las estructuras comunitarias en general”, escribió Elías Neuman en “Victimología. El rol de la víctima en los delitos convencionales y no convencionales”.

Mucho más atrás en el tiempo, cuando el siglo XIX fatigaba sus últimos pasos, José Martí escribía que “los padres buenos, creen que todos los niños son sus hijos, y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso”.

¿Cuándo la sociedad dejó de concebir como propios a los hijos que deambulan por las calles, golpean su puerta, le dirigen una sonrisa o simplemente pasan caminando por su vereda? ¿En qué momento exacto la humanidad produjo una separación de plano y, tajante, dividió la historia en “propios” y “ajenos”?

En los latidos de la infancia, escribía el poeta chileno mapuche Elicura Chihuailaf, “raíces de árboles son nuestros pies/ Alas de ave de paso tiene nuestro corazón”.

Uno tras otro van cobijándose como perlas de sacrificio los nombres de niños que quedaron para siempre anclados ahí, en ese preciso y doloroso lugar que no se quiere asumir.

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Jueves - 15.30 hs.

por Barricada TV

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Sueños Posibles 2012
 
 
Sueños Posibles

con

 
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Alfredo Grande

Lunes de 21.00 a 22.00 hs.

por

TE DIGO MÁS

con

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Lunes 20.00 hs.

AM 830 RADIO DEL PUEBLO

www.amradiodelpueblo.com.ar

Compadres del Horizonte

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Ahora en radio...

Mientras hacés unos mates,

escuchalo por

El Huairamuyo

Jueves de 19.00 a 20.00 hs.
La Deuda Eterna

Un programa de contenido político y social

para el debate y dar aire a las luchas sociales

con enfoques y análisis alternativos

 


Junto

a

deudaeterna

Adolfo Melnik y Darío Balvidares


Jueves de 19.00 a 21.00 hs.

por

Rompiendo Muros

Jueves a las 20.30 hs.

Por FM Flores

Pateando El Tablero Nuevo

www.pateandoeltablero.com.ar

FM LA BOCA 90.1 MHZ

Sábados de 11.00 a 13.00 hs.

Contrapuntos - Logo Nuevo 2012 - 2

Contrapuntos

un programa

políticamente incorrecto

con

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Andrés Sarlengo

Sábados de 13.00 a 14.00 hs.

Por FM Nostalgia

luz-oscuro

El programa de y para los Cinco

Con la conducción

de

Arleen Rodríguez Derivet

y

Angélica Paredes López.

Domingos de 22.30 a 24.00 hs. (hora cubana)

Por Radio Rebelde